Una meta puede parecer muy distinta cuando la observamos desde el principio del camino. Desde allí solo vemos la distancia que falta y pensamos en todo lo que todavía tendremos que atravesar. Lo que no vemos son los pasos que iremos aprendiendo a dar mientras avanzamos.
El poema de Zenaida Bacardí de Argamasilla no promete un recorrido sencillo. Al contrario: habla de equivocaciones, miedos, pérdidas, esfuerzos y heridas. Para llegar a un puerto hay que atravesar tempestades; para recoger una cosecha, primero hay que enterrar semillas; para encontrar rosas, también habrá que aceptar sus espinas.
La experiencia no se construye evitando aquello que puede salir mal. Se construye atravesándolo.

Vas a llegar!
Nadie alcanza la meta con un solo intento…
¡Ni perfecciona la vida con una sola rectificación!…
¡Ni alcanza altura con un solo vuelo!
Nadie camina la vida
sin haber pisado en falso muchas veces…
Nadie recoge cosecha,
sin probar muchos sabores…
enterrar muchas semillas…
¡y abonar mucha tierra!
Nadie mira la vida,
sin acobardarse en muchas ocasiones…
Ni se mete en el barco sin temerle a la tempestad…
¡Ni llega a puerto sin remar muchas veces!
Nadie siente el amor sin probar sus lágrimas…
Ni recoge rosas, sin sentir sus espinas…
Ni cultiva amistad, sin renunciar a si mismo.
¡Ni se hace hombre, sin sentir a Dios…
¡Nadie llega a la otra orilla,
sin haber ido haciendo puentes al pasar!…
Autor: Zenaida Bacardí de Argamasilla
Cada error deja una enseñanza. Cada intento modifica el siguiente. Cada puente que levantamos detrás de nosotros demuestra que, incluso en los momentos en que creíamos estar perdidos, seguimos encontrando alguna manera de avanzar.
Por eso llegar no consiste en haber recorrido un camino perfecto. Consiste en mirar hacia atrás y reconocer cuánto aprendimos mientras lo recorríamos.
El puerto todavía puede estar lejos.
Seguí remando.
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