Vivimos acostumbrados a poner cifras sobre casi todo. Sabemos cuánto cuesta una casa, un viaje, una comida o cualquier objeto que deseemos adquirir. El lenguaje del precio se volvió tan cotidiano que, a veces, olvidamos que existen cosas que pierden su verdadero significado cuando intentamos medirlas de esa manera.
Una conversación que nos cambia el ánimo. La confianza de alguien que nos conoce de verdad. Una mañana de sol. El abrazo que llega justo cuando lo necesitamos. La posibilidad de despertar y descubrir que todavía tenemos un día por delante.
Nada de eso necesita una etiqueta con un precio.

Lo Esencial de la Vida
Los sentimientos verdaderos
y los dones de la naturaleza
escapan de la globalización de nuestra época,
donde, al parecer,
a todo se le puede poner un valor material.
El sol sale cada mañana
sin esperar recompensa.
Los árboles florecen en primavera
sin pasarnos la factura,
y el amor llega sin pedir nada a cambio.
No se puede pagar
por el milagro de despertar un día más.
No se le puede poner precio
a las emociones que fluyen en un encuentro,
en una conversación,
en una mirada.
No se le puede dar valor material
a una caricia de amor,
a una sonrisa sincera,
al nacimiento de un ser,
a la fuerza de los elementos,
al regalo de conocer otra persona,
a la libertad de sentir,
a la libertad de pensar,
al placer de sentirse bien con uno mismo,
al placer de estar sano.
Al parecer,
todo está en venta y todo tiene precio,
pero las realidades más simples
y más lindas de la vida siguen siendo no negociables,
siguen siendo un regalo de la vida,
un milagro
que no podemos comprar ni vender.
Autor: Juan Bonilla
Juan Bonilla pone en palabras esa contradicción: mientras buena parte de nuestra vida transcurre entre compras, ventas y valores materiales, aquello que puede darle sentido a todo lo demás permanece fuera de cualquier transacción.
La naturaleza tampoco negocia. El sol vuelve a aparecer, los árboles florecen, una nueva vida comienza. La existencia ofrece sus maravillas sin presentar una factura.
Tal vez una de las formas más profundas de riqueza consista justamente en reconocer aquello que no podemos comprar y que, sin embargo, recibimos todos los días.
Porque algunas cosas no tienen precio.
Y eso no significa que valgan poco. Significa que valen demasiado.
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