Nadie sabe quién escribió este texto. No tiene firma, no tiene fecha, no tiene una biografía detrás que lo explique. Circula hace años de blog en blog, de madre en madre, como esas frases que se transmiten sin que nadie se las atribuya, porque pertenecen a todas las que las dijeron alguna vez.
Quizás por eso funciona. No es la voz de una autora particular: es la voz de cualquier madre a la que le preguntaron lo imposible —a cuál de tus hijos amás más— y encontró la única respuesta que no traiciona a ninguno.

El hijo preferido
Cierta vez le preguntaron a una madre cual era su hijo preferido, aquel que ella más amaba.
Y ella, dejando entrever una sonrisa, respondió:
Nada es más voluble que un corazón de madre.
Y, como madre, le respondió:
El hijo predilecto, aquél a quién me dedico de cuerpo y alma:
Es mi hijo enfermo, hasta que sane.
El que partió, hasta que vuelva.
El que está cansado, hasta que descanse.
El que está con hambre, hasta que se alimente.
El que está con sed, hasta que beba.
El que está estudiando, hasta que aprenda.
El que está desnudo, hasta que se vista.
EL que no trabaja, hasta que se emplee.
El que está de novio, hasta que se case.
El que se casa, hasta que conviva.
El que es padre, hasta que los críe.
EL que prometió, hasta que cumpla.
El que debe, hasta que pague.
El que llora, hasta que calle.»
Y con un semblante bien diferente a aquella sonrisa, finalizó:
«El que ya me dejó, hasta que lo reencuentre»
Hay preguntas que están mal hechas desde el principio. «¿Cuál es tu hijo preferido?» asume que el amor de madre se reparte, como si hubiera una cantidad fija que hay que dividir entre los que llegaron. Este texto, anónimo y sin pretensiones literarias, desarma esa lógica con una respuesta que no es diplomática: es simplemente cierta.
El amor de madre no elige. Se redirige, todo el tiempo, hacia donde más se lo necesita.


