Un Poema sobre el Amor entre Madre e Hijo
Rabindranath Tagore ya sabía, cuando escribió Luna Creciente, lo que cuesta un hijo. Su esposa había muerto en 1902. Cinco años después, el mismo día del calendario, murió también su hijo Samindranath, de once años. Tagore no volvió a ser el mismo. Y sin embargo, de ese lugar quebrado, escribió uno de los libros más tiernos que existen sobre la infancia.
«El principio» no es un poema sobre la inocencia de tener un hijo. Es un poema escrito por alguien que ya sabe que los hijos se pueden perder, y que decide, aun así, escribir sobre el asombro de haberlos tenido. Esa madre que responde «riendo y llorando» no es una figura literaria. Es la única forma honesta de hablar del amor filial: sabiendo que duele tanto como salva.

El principio
¿De donde venía yo cuando tú me encontraste?
-Preguntó el niño a su madre.
Ella llorando y riendo le respondió apretándole contra su pecho:
– Estabas escondido en mi corazón, como un anhelo, amor mío. Estabas en las muñecas de los juegos de mi infancia, y cuando, cada mañana, formaba yo la imagen de mi Dios con barro, a ti te hacía y te deshacía; estabas en el altar, con el Dios del hogar nuestro, y al adorarlo a El, te adoraba a ti; estabas en todas mis esperanzas, y en todos mis cariños.
Has vivido en mi vida y en la vida de mi madre, tu fuiste creado siglo tras siglo, en el seno del espíritu inmortal que rige nuestra casa.
Cuando mi corazón adolescente abría sus hojas, flotabas tú, igual que una fragancia, a su alrededor; tu tierna suavidad florecía luego en mi cuerpo joven como antes de salir el solla luz en el Oriente.
Primer amor del cielo, hermano de la luz del alba, bajaste al mundo en el río de la vida y al fin te paraste en mi corazón…
Qué misterioso temor me sobrecoge al mirarte a ti, hijo que siendo de todos, te has hecho mío,
¡Y qué miedo de perderte!
¡Así, bien apretado contra mi pecho! ¡Ay!
¿Qué poder mágico ha enredado el tesoro del mundo, a estos mis débiles brazos?
Autor: R. Tagore
Hay una pregunta que todo hijo hace, de una forma u otra: ¿de dónde vine? Tagore le da a esa pregunta la única respuesta que resiste el tiempo: no vinimos de ningún lado. Estuvimos siempre, escondidos en el deseo de alguien que nos esperaba antes de conocernos.
Escribir esto después de haber enterrado a un hijo no es contradicción. Es, quizás, la prueba más profunda de que el amor no se cancela con la pérdida. Se vuelve, si acaso, más consciente de lo que atesora.


