Como Hijo de Pobre: Criar sin Regalar Todo

Antes de ser el hombre que creó Billiken —la revista que educó a generaciones enteras de chicos argentinos—, Constancio Vigil ya tenía clara una idea que hoy suena casi provocadora: la felicidad no se regala, se conquista. No lo escribió como una fórmula pedagógica desde un escritorio ajeno a los chicos. Lo escribió alguien que dedicó toda su vida a pensar cómo se educa a la infancia, con millones de lectores pequeños como testigo directo de sus ideas.

«Como hijo de pobre» no habla de dinero. Habla de una trampa muy actual: confundir el amor con la ausencia de esfuerzo. Vigil lo dice sin rodeos, casi un siglo antes de que la crianza «sin límites» se pusiera de moda: cuanto menos les exigimos de chicos, más les vamos a exigir —y ellos a nosotros— después.

Cómo hijo de pobre

Como hijo de pobre

Es absolutamente necesario que se comprenda el error de aquellos padres que se proponen darle al hijo felicidad, como quien da un regalo. Lo más que se puede hacer es encaminarlo hacia ella, para que él la conquiste. Difícil, casi imposible, será después.

Cuanto menos trabajo se tomen los padres en los primeros años, más, muchísimo más, tendrán en lo futuro. Habitúalo, madre, a poner cada cosa en su sitio, y a realizar cada acción a su tiempo. El orden es la primera ley del cielo. Que no esté ocioso, que lea, que dibuje, que trabaje, que te ayude en alguna tarea, que se acostumbre a ser atento y servicial.

Deja algo en el suelo para que él lo recoja; incítalo a limpiar, arreglar, cuidar, o componer alguna cosa, que te alcance ciertos objetos que necesites; bríndale, en fin, las oportunidades para que emplee sus energías, su actividad, su voluntad, y lo hará con placer. Críalo como hijo de pobre, y lo enriquecerás; críalo como hijo de rico y lo empobrecerás para toda la vida.

Autor: Constancio C. Vigil

La frase final resume todo el texto en una paradoja incómoda: críalo como hijo de pobre, y lo enriquecerás; críalo como hijo de rico, y lo empobrecerás para siempre. Vigil no habla de privaciones materiales. Habla de no privar a un hijo de la experiencia de esforzarse, de ordenar, de ser útil.

Casi cien años después, la advertencia sigue vigente, quizás más que nunca: el mayor regalo que se le puede hacer a un hijo no es evitarle el esfuerzo, sino confiarle la responsabilidad de intentarlo.

Scroll al inicio