La felicidad que permanece en nosotros

La felicidad no siempre llega con la forma que imaginamos. No necesariamente ocupa grandes espacios ni permanece durante largos períodos. Puede aparecer brevemente, casi sin anunciarse, en una conversación, una sonrisa, un gesto de afecto, una tarde frente al mar o en esa sensación íntima de estar exactamente donde necesitamos estar.

El problema comienza cuando intentamos convertirla en una construcción perfecta. Le ponemos condiciones, expectativas y escenarios que deberían garantizar que finalmente podamos sentirnos felices. Y en esa búsqueda terminamos alejándonos de aquello que ya estaba sucediendo.

Este texto propone una mirada mucho más humana. La felicidad aparece como algo frágil y luminoso, interrumpido inevitablemente por el dolor, pero no por eso menos verdadero. Porque una vida feliz no es una vida en la que nunca sufrimos. También puede ser aquella en la que, después de atravesar los golpes, seguimos conservando la capacidad de emocionarnos, perdonar, sentir ternura y mirar el mundo con asombro.

La felicidad que permanece en nosotros

Felicidad

La felicidad son pétalos de años que la vida
pone en nuestras manos para convertirla en una rosa.
La buscamos a nuestra medida,
le fabricamos un entorno irreal que no tiene.

La soñamos más que la vivimos y muchas veces,
llevándola dentro, la sacamos y la desfiguramos
en un ambiente de superficialidad.

Es intimidad en el amigo, luz en el hogar;
es detalle, beso, sonrisa, flores, cielo, mar.
Es verdad que la felicidad no es siempre estable, fija, duradera.

Más bien parece un parpadeo, una luz que dura minutos,
como huecos de trecho en trecho en una red muy tupida.

Los sufrimientos, en cambio, parecen un beso
que se estanca, se posiciona, se adueña, se queda.
Si no se agota en ti la resistencia de la voluntad,
ni la fuerza de las emociones, ni el hambre de aventura,
ni la frescura de los hondos manantiales de la vida,
has conocido la felicidad.

Si los golpes no te rompen la fe,
si la indiferencia no te cierra las manos,
si el egoísmo y la avaricia no te secan los sentimientos
y llegas al fin con capacidad de emoción, de llanto, de perdón,
de ternura, de plegaria, de luz, has conocido la felicidad…

Existe una forma de felicidad mucho más profunda que la ausencia de problemas. No consiste en atravesar la vida sin heridas, sino en llegar al otro lado de ellas sin haber perdido aquello que nos hacía humanos.

Porque el dolor tiene una fuerza particular: puede endurecer la mirada, volvernos desconfiados, convencernos de que sentir demasiado es una debilidad. Después de ciertas experiencias, cerrar las manos parece más seguro que volver a ofrecerlas.

Sin embargo, conservar la ternura después de haber sido heridos es una forma de fortaleza. Poder emocionarse después de haber llorado, perdonar sin negar lo ocurrido, volver a confiar sin olvidar lo aprendido y mantener intacta cierta curiosidad por la vida son conquistas que nadie puede medir desde afuera.

La felicidad quizá nunca haya prometido quedarse para siempre. Su fugacidad no la vuelve menos verdadera. Al contrario: precisamente porque algunos instantes son breves, merecen ser reconocidos mientras están sucediendo.

Llegar al final conservando la capacidad de amar, de conmovernos, de perdonar y de encontrar belleza no significa haber vivido una vida sin dolor.

Significa que el dolor no consiguió quedarse con todo.

Y tal vez esa sea una de las formas más hondas de haber conocido la felicidad.


Descubre más desde Elixires para el Alma

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Scroll al inicio