Agradecer la vida en busca de la felicidad

La insatisfacción tiene una capacidad particular para volver invisible lo que ya poseemos. La mirada se fija en aquello que falta, en lo que todavía no llegó, en lo que otros tienen o en aquello que imaginamos que necesitamos para sentirnos completos. Mientras tanto, lo cotidiano continúa sucediendo delante de nosotros con una generosidad que muchas veces no sabemos registrar.

Agradecer cambia esa perspectiva.

No significa conformarse ni abandonar los deseos. Significa distinguir entre aspirar a más y despreciar lo que ya existe. Entre construir nuevos proyectos y vivir convencidos de que nuestra felicidad siempre comienza después de conseguirlos.

Este texto pone el valor en otro lugar: en lo esencial. En una mañana que todavía podemos contemplar, en una voz querida, en la naturaleza, en una risa, en el amor que alguna vez encontramos y en todas esas pequeñas maravillas cuya importancia comprendemos, muchas veces, cuando el tiempo ya las ha convertido en ausencia.

Agradecer la vida es aprender a mirar antes de perder.

Agradecer la vida

El secreto de la felicidad no está
en obtener lo que anhelamos,
sino en amar lo que tenemos.
No en lo que pedimos a la vida,
sino en lo que ésta nos otorga.

Es la dicha escondida de agradecer al mundo
todo lo simple y lo maravilloso que éste nos ha dado.
Reconocer lo grande y lo pequeño,
lo fugaz y lo perdurable.
No lo mucho, sino lo esencial.
No lo tanto, sino lo maravilloso.

Te sentirás pobre no por lo poco que tengas,
sino por lo mucho que esperes y exijas a la vida.
Entre más ambicionamos más pobres seremos,
pues no todas las cosas fueron hechas para uno.
La riqueza verdadera está en reconocer y valorar
lo poco y lo dulce que la existencia nos otorgue.

Agradece, por tanto, todos los instantes de tu vida.
Puedes poseerlo todo con la sabiduría del corazón.
La riqueza del humano está en lo que ama.
El mayor tesoro es el que está en nuestro corazón.
La fortuna de tus profundidades
nadie puede robarlas ni comprarlas.

Agradece la dicha de ver un amanecer,
pues un día ya no lo verás.
Da gracias al padre por el amor que encontraste,
pues mañana ya no lo tendrás.
El canto de las aves, el verdor de los montes,
la risa de un niño, la luz de los ojos amados.
Porque será lo único que te quede al final de los días.
Conoce la dicha de agradecer lo bello
que te dio el destino.

Autor: Carlos Balaguer

Agradecer no modifica necesariamente aquello que tenemos; modifica la manera en que lo contemplamos. Y esa transformación puede ser enorme.

Una persona puede poseer mucho y vivir permanentemente empobrecida por la comparación, la expectativa y la exigencia. Otra puede tener una vida sencilla y, sin embargo, reconocer una riqueza que no aparece en ninguna cuenta bancaria: personas para amar, recuerdos que atesorar, paisajes que contemplar, momentos que todavía pueden ser vividos.

La conciencia de la impermanencia vuelve más precioso lo cotidiano. El amanecer no es solamente un amanecer cuando comprendemos que no tendremos infinitos amaneceres. Una conversación cambia de dimensión cuando sabemos que determinadas voces no nos acompañarán para siempre. Un abrazo deja de ser un gesto automático cuando entendemos que ninguna presencia está garantizada.

No se trata de vivir con miedo a perder, sino de dejar de actuar como si todo fuera eterno.

Quizá una de las formas más profundas de pobreza sea acostumbrarnos tanto a lo bueno que dejamos de verlo. Y una de las formas más profundas de riqueza consista precisamente en conservar la capacidad de reconocerlo.

La vida no necesita ser perfecta para ser valiosa. Necesita ser mirada.

Y mientras todavía podamos hacerlo, agradecer también es una manera de decirle a la existencia: sé que estás aquí, sé lo que me has dado y no quiero pasar de largo frente a ello.


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