Hablamos sin palabras: cuando los gestos dicen más

Una persona baja la mirada. Otra aprieta los labios para contener el llanto. Alguien extiende los brazos antes de que podamos decir una sola palabra. Un niño sonríe y, de pronto, entendemos perfectamente qué está sintiendo.

Nadie tuvo que traducir nada.

Gran parte de nuestra comunicación ocurre en ese territorio que no necesita frases. Un abrazo puede decir “estoy acá”. Una lágrima puede contar una despedida entera. Una mirada puede acercarnos o levantar una distancia imposible de atravesar con palabras.

Hablamos sin palabras

El lenguaje suele tener un ingrediente:
las palabras.

¿Siempre?

La verdad es que hay muchas cosas que decimos
a los demás sin palabras.

La carrera del atleta,
las lágrimas ante un ser querido que se nos va,
el beso a la persona amada,
el puñetazo sobre la mesa ante la impotencia de la injusticia,
la sonrisa de un niño,
el abrazo de unos amigos,
el grito por la victoria,
los brazos que se levantan al son de la música,
el cuerpo que se mueve danzando,
la paciencia de los que educan,
el lenguaje corporal en su conjunto,
las miradas que nos cruzamos
y muchas cosas más
que nos hablan de como necesitamos los simbolismos
en nuestra vida para poder expresarnos en su totalidad.

Un lenguaje que todos entendemos,
que no necesita traductores.

Autor: Armando Quintana

Armando Quintana recorre esas formas de expresión que utilizamos todos los días, muchas veces sin detenernos a pensar que también estamos hablando cuando permanecemos en silencio.

El cuerpo tiene su propio vocabulario. Lo tienen las manos, la postura, el movimiento, la espera, la manera de acercarnos a alguien. Incluso aquello que decidimos no decir puede convertirse en un mensaje.

Y existe algo hermoso en ese lenguaje: no pertenece a una lengua determinada. Podemos no compartir palabras con otra persona y, aun así, reconocer su alegría, su dolor, su miedo o su cariño.

Antes de aprender a hablar, ya sabíamos comunicarnos.

Quizá nunca dejamos de hacerlo.


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