La Navidad será siempre: esperanza, fe y reconciliación

Diciembre tiene una manera particular de acercarnos a todo aquello que durante el resto del año conseguimos mantener a cierta distancia.

Las ausencias se hacen más visibles. Los recuerdos regresan. Algunas relaciones reclaman una conversación pendiente. También aparecen preguntas que no solemos hacernos cuando estamos demasiado ocupados: qué conservamos, qué necesitamos reparar, a quién tenemos cerca, a quién extrañamos.

Desde una mirada profundamente cristiana, “La Navidad será siempre” propone entrar en esa fecha desde un lugar diferente. No desde la abundancia ni desde la celebración exterior, sino desde una revisión íntima.

La Navidad aparece aquí como una oportunidad para abrir la propia “gruta”, encender una luz, mirar lo que guardamos adentro y decidir qué queremos hacer con ello.

Una invitación a llegar a esa noche con algo más importante que una mesa preparada: un corazón dispuesto a encontrarse con los demás.

La Navidad será siempre

La navidad será siempre
un día de esperanza, de misterio y de fe

Cada cual tendrá su gruta, la que ha ido cavando en el fondo de su corazón,
y necesita reformar, limpiar e iluminar todos los años.
Cada cual, su regalo: el íntimo, el personal, el silencioso,
el de las heridas cerradas y rencores olvidados.
Cada cual, su lámpara para calentarnos en Dios…
y su aceite para ir curando, suavizando
y derritiendo ternura entre los muchos que lloran en la Navidad.

La noche de Navidad debiera ser más para compartir con los pobres
y con la familia que para ostentar con los ricos;
más para prodigarnos con nuestros semejantes
que para meternos en el vértigo de las calles y las fiestas;
más para que Dios nos acompañe que para entrar
en ese mundo ajeno y extraño donde se aumenta la nostalgia,
se entristecen los recuerdos y muchas veces nos sentimos tan solos.

¿Donde y cuándo vas a dar a Cristo el apretón de manos
y la entrega del corazón en esta Navidad?
No olvidemos que es día de llenarnos de Dios.
De sacar cuentas.
De estrecharnos las manos.
De abrir las alforjas.
De mirarnos tal cual somos.
De recordar a los que faltan.
Y pedir perdón, ¡Esa es la Navidad!

Autor: Zenaida Bacardí de Argamasilla

Resulta mucho más sencillo decorar una casa que revisar aquello que llevamos dentro. Comprar un regalo requiere menos coraje que pedir perdón. Preparar una mesa es más fácil que volver a acercarnos a alguien. Y encender una vela lleva apenas unos segundos; mantener encendida la ternura requiere bastante más.

Por eso esta reflexión no invita simplemente a celebrar.

Invita a hacer espacio.

Para quien necesita ayuda. Para quien está solo. Para quien ya no puede sentarse a nuestra mesa. Para quien espera una palabra nuestra. Incluso para aquello de nosotros mismos que todavía necesita perdón.

La Navidad puede ser una pausa en medio del año para mirar las cuentas pendientes con honestidad, reconocer lo que duele y decidir qué merece quedarse atrás.

Y cuando llegue la noche, quizá el gesto más hermoso no sea levantar una copa ni abrir un paquete.

Sea acercarnos a alguien.

Tomarle la mano.

Recordarlo.

Perdonarlo.

Decirle que lo queremos.

Porque una celebración cobra otro significado cuando consigue que salgamos de nosotros mismos y volvamos a mirar a quienes tenemos alrededor.

Eso también es Navidad.


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