Entrar en una iglesia, mirar una imagen de Cristo crucificado y descubrir que las palabras que llevábamos preparadas ya no alcanzan.
Ese es el punto de partida de “Oración al Cristo del Calvario”, de Gabriela Mistral. La voz que habla llega con una intención concreta: pedir por su propio cuerpo, por sus propias dolencias. Pero frente al cuerpo herido de Cristo, aquello que parecía urgente comienza a cambiar de tamaño.
Las preguntas se suceden como un examen íntimo.
Los pies cansados frente a los pies destrozados. Las manos vacías frente a las manos heridas. La soledad personal frente a la soledad de quien permanece clavado en la cruz.
Mistral no construye una oración desde la certeza de quien tiene todas las respuestas. La construye desde la conmoción de quien, al contemplar el sufrimiento de otro, deja de mirarse exclusivamente a sí mismo.
Y entonces ocurre algo inesperado: el pedido desaparece.

Oración al Cristo del Calvario
En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.
¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?
¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?
Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mí todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.
Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta.
Amén
Autor: Gabriela Mistral
La última parte del poema no ofrece una explicación del dolor. Tampoco intenta justificarlo.
Propone aprender a permanecer junto a él.
Esa diferencia resulta fundamental. Frente al sufrimiento, nuestra primera reacción suele ser querer que termine cuanto antes, encontrar una causa, reclamar una respuesta o pedir que alguien nos devuelva aquello que perdimos. Mistral lleva la oración hacia otro territorio: el de aceptar que existen experiencias que no podemos resolver con palabras.
La persona que llegó para pedir termina pidiendo algo completamente distinto: no pedir.
Solo quedarse.
Mirar.
Aprender.
Para una mirada creyente, el dolor puede convertirse entonces en un umbral. No porque sufrir sea bueno ni porque debamos buscarle un sentido obligatorio a cada herida, sino porque incluso aquello que nos rompe puede abrir una dimensión desconocida de nosotros mismos: compasión, humildad, profundidad, cercanía con otros que también sufren.
Quizá por eso esta oración conserva tanta fuerza.
No promete que el dolor desaparezca.
Nos enseña otra manera de estar frente a él.
Y algunas veces, cuando ya no encontramos qué decir, permanecer allí —con fe, con silencio, con el corazón abierto— puede ser la forma más sincera de rezar.
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