La búsqueda de la felicidad tiene una paradoja difícil de ignorar: cuanto más la convertimos en un lugar al que debemos llegar, más lejos parece encontrarse.
La imaginamos detrás de una nueva conquista, en una relación, en determinada cantidad de dinero, en el reconocimiento de otros, en un cambio de vida que todavía no ocurrió. Depositamos en el futuro la promesa de sentirnos finalmente completos y, mientras esperamos que llegue ese momento, corremos el riesgo de atravesar el presente sin reconocer lo que ya forma parte de nosotros.
Este relato utiliza una antigua imagen para plantear esa contradicción. Los dioses buscan un escondite que el ser humano no pueda alcanzar mediante su fuerza, su inteligencia o su capacidad para explorar. Después de descartar montañas, océanos y planetas, aparece una solución mucho más cercana de lo que cualquiera hubiera imaginado.
La ironía está precisamente ahí: lo más difícil de encontrar puede ser aquello que nunca dejamos de llevar con nosotros.

Una historia
En cierta ocasión se reunieron todos los dioses y decidieron crear al hombre y la mujer; hacerlos a su imagen y semejanza, entonces uno de ellos dijo:
– Esperen. Si los vamos a hacer a nuestra imagen y semejanza, van a tener un cuerpo igual al nuestro, fuerza e inteligencia igual a la nuestra, debemos pensar en algo que los diferencie de nosotros, de no ser así, estaríamos creando nuevos dioses.
Debemos quitarles algo, pero, ¿Qué les quitamos?
Después de mucho pensar uno de ellos dijo:
– Ah!! ya sé!, vamos a quitarles la felicidad, pero el problema va a ser dónde esconderla para que no la encuentren jamás.
Propuso el primero:
– Vamos a esconderla en la cima del monte más alto del mundo; a lo que inmediatamente repuso otro:
– No, recuerda que les dimos fuerza, alguna vez alguien subirá, y la encontrará, y si la encuentra uno, ya todos sabrán donde está.
Luego propuso otro:
– Entonces vamos a esconderla en el fondo del mar, y otro contestó:
– No, recuerda que les dimos inteligencia, alguna vez alguien construirá una esquina por la que pueda entrar y bajar, y entonces la encontrará.
Uno más dijo:
– Escondámosla en un planeta lejano a la Tierra.
Y le dijeron:
– No, recuerda que les dimos inteligencia, y un día alguien construirá una nave en la que pueda viajar a otros planetas y la descubrirá, y entonces todos tendrán felicidad y serán iguales a nosotros.
El último de ellos, era un Dios que había permanecido en silencio escuchando atentamente cada una de las propuestas de los demás dioses, analizó en silencio cada una de ellas y entonces rompió el silencio y dijo:
– Creo saber dónde ponerla para que realmente nunca la encuentren.
… todos voltearon asombrados y preguntaron al unísono:
– ¿Dónde?
– La esconderemos dentro de ellos mismos, estarán tan ocupados buscándola afuera, que nunca la encontrarán.
Todos estuvieron de acuerdo, y desde entonces ha sido así.
El hombre se pasa la vida buscando la felicidad sin saber que la trae consigo mismo…
La fuerza de esta historia no está en afirmar que todo lo que necesitamos para ser felices ya está resuelto dentro de nosotros. La vida real es mucho más compleja. Las circunstancias importan, los vínculos importan, las pérdidas duelen y existen situaciones que ninguna actitud puede solucionar por sí sola.
La enseñanza apunta hacia otro lugar: ninguna condición externa puede convertirse en una garantía permanente de felicidad.
Podemos conseguir aquello que durante años imaginamos imprescindible y descubrir, después de celebrarlo, que todavía nos sentimos vacíos. Podemos cambiar de trabajo, mudarnos, enamorarnos, viajar, alcanzar una meta largamente perseguida y, aun así, llevar con nosotros las mismas inseguridades, los mismos miedos y las mismas preguntas.
Porque nosotros también viajamos.
El problema no siempre está en aquello que todavía no conseguimos. En ocasiones está en haber delegado nuestra capacidad de sentirnos bien en algo que permanece fuera de nuestro control.
La historia propone detener esa carrera durante un instante y mirar hacia otro lado. Hacia adentro.
No para encerrarnos en nosotros mismos, sino para recuperar una parte de nuestra vida que ninguna conquista externa puede reemplazar: la capacidad de disfrutar, agradecer, amar, crear, elegir, vincularnos y encontrar significado en aquello que hacemos.
Quizá el gran secreto escondido por los dioses no fuera la felicidad en sí misma, sino la capacidad humana de buscarla siempre en el lugar equivocado.
Y cuando dejamos de perseguirla como una recompensa que alguien debe entregarnos, puede ocurrir algo mucho más interesante: empezamos a reconocer que algunos de los momentos que estábamos esperando ya estaban sucediendo.
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