Para adquirir lo que falta: sobre la responsabilidad personal

No todo lo que nos falta está fuera de nosotros.

La tierra puede ser difícil, pero una semilla también necesita ser sembrada. Una oportunidad puede presentarse, aunque nadie puede aprovecharla por nosotros. El camino puede ser estrecho, pero también podemos haber dejado demasiados tramos sin recorrer.

“Para adquirir lo que falta” propone una mirada incómoda precisamente por eso: desplaza la pregunta desde “¿qué me está faltando?” hacia “¿qué estoy haciendo con lo que tengo?”.

No se trata de negar las circunstancias, las pérdidas ni aquello que efectivamente escapa de nuestras posibilidades. Se trata de revisar nuestra propia participación en aquello que deseamos transformar.

Las imágenes del texto construyen una misma idea desde distintos lugares: alas, amor, tierra, semillas, camino, tiempo, oportunidades.

Todo parece conducir hacia una misma pregunta:

¿qué parte de aquello que deseo todavía depende de mí?

Para adquirir lo que hace falta

Para adquirir lo que falta

Lo que estropea tus alas,
no es chocar con el cielo…
sino cargar con todo lo que traes de la tierra…

Lo que falta en el amor,
no es su deficiencia…
sino lo que todavía no has sabido darle tú…

Lo que se está deteriorando,
no es el mal en sí…
sino la falta de Fe, sobre ese mal…

Lo que te falta de flores,
no es la mala tierra,
sino son semillas mal sembradas…

Lo estrecho de tu camino,
no es falta de espacio…
sino muchos tramos sin cultivo…

Lo malgastado en tu vida,
no es la falta de tiempo…
es abandono de la voluntad…

Lo que te falta de realización,
no es ausencia de oportunidades…
es indolencia para aprovecharlas…

Lo que te llena de vacio,
no es lo desprovisto de la vida…
sino la ausencia de Dios!!!

Necesitas que tu siembra sea árbol…
tu levadura fermento…
tu pisada camino…
tu obra realidad…

Una semilla contiene una posibilidad, pero no un árbol.

Entre una cosa y la otra están la tierra, el cuidado, la paciencia, las condiciones adecuadas y, sobre todo, el acto de sembrar.

Con la vida sucede algo parecido. No elegimos todas las circunstancias que nos tocan. Existen pérdidas que no provocamos, puertas que se cierran, injusticias que no podemos corregir y momentos en los que el esfuerzo parece no alcanzar.

Pero incluso dentro de esas limitaciones permanece un territorio propio: aquello que hacemos con lo recibido.

Podemos alimentar un vínculo o dejarlo marchitar. Cultivar una capacidad o abandonarla. Aprovechar una posibilidad o esperar indefinidamente otra mejor. Cuidar nuestra vida interior o dejar que el vacío termine ocupando todo el espacio.

La responsabilidad personal no significa cargar con culpas que no nos corresponden.

Significa reconocer nuestro margen de acción.

Y quizá esa sea la diferencia entre desear un cambio y empezar a construirlo: dejar de esperar que la vida nos entregue terminado aquello que nosotros también tenemos que sembrar.

Que la semilla encuentre tierra.

Que la tierra reciba cuidado.

Que el cuidado se convierta en crecimiento.

Y que aquello que hoy apenas existe como intención pueda, con el tiempo, convertirse en realidad.


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