Un espacio en el que podemos volver a encontrarnos con quienes ya no están, mirar de nuevo aquello que el tiempo se llevó, recuperar una inocencia que la vida fue dejando atrás o simplemente descansar de todo aquello que exige nuestra atención.
“Permíteme Señor” nace de ese deseo de escapar por un instante sin dejar de pertenecer al mundo. La voz que habla no está buscando riquezas ni certezas extraordinarias: quiere elevarse, flotar, viajar más allá de los límites cotidianos y entregarse, aunque sea por un momento, a algo más grande que ella misma.
En sus imágenes conviven la nostalgia, la espiritualidad y una necesidad profundamente humana: poder descansar.
Dejar de sostenerlo todo.
Respirar.
Y sentir que, por un instante, alguien más puede llevarnos.

Permíteme Señor
Caminar por las aguas, oh, Señor, sería perfecto,
también nadar en el desierto, volar contra el viento…
y hasta la utopía de vivir en paz.
No tiene límites la imaginación creadora
cuando nos prestas tu divina escalera
para subir hasta el infinito
o para bajar hasta el fondo del mar,
para dejarnos bucear por tu espacio sagrado
y sin rumbo fijo, tan solo flotar.
Para viajar en el tiempo,
para encontrarnos con los seres queridos
que ya no están
y con los hijos crecidos que ya no veremos,
pero que en algún rincón del alma podemos pintar.
¡Qué grato sería!, oh, Señor,
atrapar la inocencia y encerrarla
en un frasco de impecable cristal
y rodearla de algodones para que no se destruya,
ni se diluya en las sombras de esta «vida real».
Permíteme hoy olvidarme de todo,
salir de este mundo enlazando
a las nubes con la tierra y el mar.
Permíteme hoy ser suave luz en tu hogar,
disolverme en el viento y fundirme en tu esencia,
vaciarme en tu presencia,
subirme en un globo y sin temor a la altura
con toda soltura, dejarme llevar.
Tal vez no exista una escalera hacia el infinito ni un lugar donde podamos guardar intacta la inocencia dentro de un frasco de cristal.
El tiempo seguirá avanzando. Las personas que amamos seguirán perteneciendo a nuestra memoria. Algunas posibilidades quedarán para siempre del otro lado de lo que pudo haber sido.
Pero la imaginación tiene una forma particular de acercarnos a aquello que la realidad nos niega.
Una canción puede devolvernos una voz. Un aroma puede abrir una puerta hacia una tarde lejana. Una fotografía puede hacer que alguien ausente vuelva a sentarse junto a nosotros durante unos segundos.
Y también existe ese otro viaje, más silencioso: cerrar los ojos y permitirnos descansar de la necesidad de entenderlo todo.
No siempre necesitamos respuestas.
A veces necesitamos un pequeño lugar interior donde poder soltar el peso, recordar a quienes amamos y sentir que todavía existe belleza del otro lado del cansancio.
Quizá la verdadera plegaria de este texto no sea pedir escapar para siempre.
Sea pedir unos minutos de libertad para volver a nosotros mismos.
Y después, cuando llegue el momento, regresar.
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