Motivación: cuidar la brasa cuando el fuego parece apagarse

No siempre tenemos ganas. Esa es una de las verdades que menos espacio ocupa en los discursos sobre motivación y, al mismo tiempo, una de las más importantes.

Esperamos sentir entusiasmo para empezar, energía para continuar, inspiración para crear. Pero la vida no funciona siempre así. A veces lo único disponible es una pequeña voluntad que apenas alcanza para dar el siguiente paso.

La metáfora de la brasa captura justamente ese momento. No exige un incendio ni una transformación espectacular. Apenas pide atención. Un poco de aire. Otro intento. La decisión de no dejar que aquello que todavía importa termine convertido en ceniza.

Motivación: cuidar la brasa cuando el fuego parece apagarse

Motivación

Una brasa no necesita viento para existir, solo para no apagarse.

Así es la motivación: no llega como incendio, llega como rescoldo que alguien, vos, decide cuidar una noche más.

El fuego grande asusta. El fuego grande se consume a sí mismo. Lo que dura es la brasa chica, la que se alimenta de a poco, la que no promete nada y sin embargo sostiene la casa entera durante el invierno.

Nadie te va a soplar la brasa por vos.

Eso también es motivación: entender que el viento no viene de afuera, que la mano que atiza el fuego es la misma que después se calienta con él.

Hay noches en que la brasa parece ceniza. No lo es. Debajo de la ceniza hay memoria de fuego, y la memoria de fuego, tarde o temprano, vuelve a arder si alguien se agacha y sopla, aunque sea una vez, aunque sea flojo.

La motivación no es una emoción. Es un oficio. Se practica como se practica cualquier cosa que valga la pena: mal al principio, a tientas, con las manos manchadas de hollín, hasta que un día el fuego ya no necesita que le expliques por qué tiene que arder.

Ese día no vas a sentir nada extraordinario.

Vas a sentir, simplemente, calor.

También cambia la manera de entender la motivación. No como un estado permanente que aparece mágicamente cuando lo necesitamos, sino como una práctica. Algo que se sostiene incluso durante los días en que no sentimos entusiasmo, porque sabemos que aquello que estamos cuidando merece llegar un poco más lejos.

Y cuando finalmente vuelve el calor, tal vez no haya fuegos artificiales ni una revelación extraordinaria.

Solo esa sensación sencilla de estar nuevamente en marcha.

A veces, eso alcanza.


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