Siembra de amor utiliza una imagen sencilla para hablar de algo profundo: nuestra vida también se construye a partir de aquello que vamos dejando en los demás.
Una palabra, una mirada, una sonrisa o un gesto pueden parecer pequeños en el momento, pero tienen consecuencias. El texto nos propone pensar cada acción como una semilla y preguntarnos qué estamos cultivando con aquello que hacemos todos los días.
La metáfora del jardín también alcanza a los momentos difíciles. Las tormentas, las lágrimas y hasta las hojas que caen forman parte del proceso de crecimiento. No todo lo que duele significa que estamos retrocediendo.

Siembra de amor
La vida es un jardín; lo que siembres en ella, te devolverá.
Así que elige semillas buenas, riégalas y con seguridad tendrás las flores más bellas.
Cada acto, cada palabra, cada sonrisa, cada mirada, es una simiente.
Cada una tiene en sí el poder vital y germinativo.
Procura, entonces, que caiga tu simiente en el surco abierto.
Procura además, que sea como el trigo que da pan a los pueblos y no produzca espinas y cizañas que dejen estériles las almas.
Muchas veces sembrarás en el dolor, pero esa siembra, traerá frutos de gozo.
A veces sembrarás llorando, pero ¿quién sabe si tu simiente no necesita del riego de tus lágrimas para que germine? No tomes las tormentas como castigos.
Piensa que los vientos fuertes harán que tus raíces se hagan más profundas para que tu rosal resista mejor lo que habrá de venir.
Y cuando tus hojas caigan, no te lamentes; serán tu propio abono, reverdecerás y tendrás flores nuevas.
Cada acto, cada palabra, cada sonrisa, cada mirada, fructificará según como lo siembres.
Ve y arroja el grano, ve abriendo el surco y siembra.
Cada acto, cada palabra, cada sonrisa, cada mirada es una simiente.
Procura, siempre: «una siembra de amor».
Hay etapas en las que no vemos resultados y cuesta creer que aquello que hacemos tenga algún sentido. El jardín necesita tiempo: primero está la tierra, después la semilla, luego las raíces y, finalmente, las flores.
Con nosotros ocurre algo parecido. Una actitud generosa puede tardar en encontrar respuesta; una palabra de aliento puede ser recordada mucho después; un gesto de amor puede dejar una huella que nunca lleguemos a conocer.
Por eso, más que preocuparnos únicamente por lo que recibimos, este texto propone mirar qué estamos dejando a nuestro alrededor.
Cada día nos ofrece una nueva oportunidad para elegir qué sembrar. Y aquello que ponemos en el mundo también forma parte del jardín en el que vivimos.
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