Se necesita un amigo: El conmovedor poema de Vinicius de Moraes

En la vastedad del mundo, la soledad a veces pesa como un mandato silencioso que solo puede disiparse con la presencia de un semejante. Este poema de Vinicius de Moraes no constituye una lista fría de requisitos, sino una plegaria íntima por hallar a alguien capaz de sostener nuestra humanidad. Anhelar un amigo implica buscar un espejo donde nuestras tristezas, los recuerdos de la infancia y las pequeñas alegrías cotidianas encuentren un puerto seguro donde habitar sin artificios.

Se necesita un amigo

No es necesario que sea hombre,
basta que sea humano,
basta que tenga sentimientos,
basta que tenga corazón.

Se necesita que sepa hablar y callar,
sobre todo que sepa escuchar.

Tiene que gustar de la poesía,
de la madrugada, de los pájaros, del Sol,
de la Luna, del canto, de los vientos
y de las canciones de la brisa.

Debe amar al prójimo y respetar el dolor que
los peregrinos llevan consigo.
Debe guardar el secreto sin sacrificio.
Debe hablar siempre de frente y
no traicionar con mentiras o deslealtades.

Debe tener un ideal, y miedo de perderlo,
y en caso de no ser así,
debe sentir el gran vacío que esto deja.

Tiene que tener resonancias humanas,
su principal objetivo debe ser el del amigo.

Debe sentir pena por las personas tristes
y comprender el inmenso vacío de los solitarios.

Se busca un amigo para gustar
de los mismos gustos,
que se conmueva cuando es tratado de amigo.

Que sepa conversar de cosas simples,
de lloviznas y de grandes lluvias y
de los recuerdos de la infancia.

Se precisa un amigo para no enloquecer,
para contar lo que se vio de bello y
de triste durante el día, de los anhelos
y de las realizaciones, de los sueños y de la realidad.

Debe gustar de las calles desiertas,
de los charcos de agua y los caminos mojados,
del borde de la calle, del bosque después de la lluvia,
de acostarse en el pasto.

Se precisa un amigo que diga que vale la pena vivir,
no porque la vida es bella, sino porque estamos juntos.

Se necesita un amigo para dejar de llorar.

Para no vivir de cara al pasado,
en busca de memorias perdidas.

Que nos palmee los hombros,
sonriendo o llorando,
pero que nos llame amigo,
para tener la conciencia de que aún estamos vivos.

Autor: Vinicius de Moraes

La certeza de estar vivos a través del otro

Compartir la existencia con alguien que nos nombra desde el afecto auténtico transforma por completo nuestra perspectiva del tiempo y del dolor. La compañía verdadera no busca adornar la realidad, sino recordarnos, mediante un gesto cálido o una palmada en el hombro, que no caminamos solos sobre la tierra. Encontrar a ese cómplice capaz de validar nuestras lágrimas y celebrar nuestras alegrías constituye la prueba definitiva de que nuestra travesía en común merece la pena.


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