Hay finales que llegan con una explicación y otros que dejan solamente preguntas. Se deja de querer, de José Ángel Buesa, pertenece a ese segundo territorio: el de los sentimientos que desaparecen sin que podamos señalar exactamente cuándo ni por qué ocurrió.
El poema no busca culpables ni intenta encontrar una razón definitiva. En cambio, reúne una sucesión de imágenes para describir esa extraña experiencia de descubrir que algo que parecía formar parte de nuestra vida ya no está.

Se deja de querer
Se deja de querer, y no se sabe
por qué se deja de querer:
Es como abrir la mano y encontrarla vacía,
y no saber, de pronto, qué cosa se nos fue.
Se deja de querer, y es como un río
cuya corriente fresca ya no calma la sed;
como andar en otoño sobre las hojas secas,
y pisar la hoja verde que no debió caer.
Se deja de querer, y es como el ciego
que aún dice adiós, llorando, después que pasó el tren;
o como quien despierta recordando un camino,
pero ya sólo sabe que regresó por él.
Se deja de querer, como quien deja
de andar por una calle, sin razón, sin saber;
y es hallar un diamante brillando en el rocío,
y que, ya al recogerlo, se evapore también.
Se deja de querer, y es como un viaje
detenido en la sombra, sin seguir ni volver;
y es cortar una rosa para adornar la mesa
y que el viento deshoje la rosa en el mantel.
Se deja de querer, y es como un niño
que ve cómo naufragan sus barcos de papel;
o escribir en la arena la fecha de mañana
y que el mar se la lleve con el nombre de ayer.
Se deja de querer, y es como un libro
que, aun abierto hoja a hoja, quedó a medio leer;
y es como la sortija que se quitó del dedo,
y sólo así supimos que se marcó en la piel.
Se deja de querer, y no se sabe
por qué se deja de querer…
Autor: José Ángel Buesa
Dejar de amar puede resultar desconcertante precisamente porque no siempre existe un momento preciso en el que podamos decir: a partir de aquí terminó. A veces el sentimiento se va debilitando lentamente, hasta que un día advertimos que aquello que antes nos movilizaba ya no provoca lo mismo.
Y aceptar ese cambio también forma parte de la vida. No todos los vínculos están destinados a permanecer, pero eso no vuelve falso lo que alguna vez sentimos.
La última imagen del poema resulta especialmente significativa: solo al quitarse la sortija se descubre la marca que dejó en la piel. Algunas historias terminan y recién entonces comprendemos cuánto espacio habían ocupado en nosotros.
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