En Te quiero, Julia de Burgos lleva el amor mucho más allá de una simple declaración. El sentimiento atraviesa el tiempo, la naturaleza, los recuerdos y hasta el propio lenguaje, como si querer a alguien fuera también una manera de habitar el mundo.
El poema está construido sobre la repetición de “Te quiero”, pero cada regreso de esa frase abre un paisaje diferente. Arroyos, estrellas, noches, pájaros y sombras se convierten en formas de expresar aquello que las palabras cotidianas no alcanzan a explicar.

Te quiero
Y mueves el tiempo de mi vida sin horas.
Te quiero
en los arroyos pálidos que viajan en la noche,
y no terminan nunca de conducir estrellas a la mar.
Te quiero
en aquella mañana desprendida del vuelo de los siglos
que huyó su nave blanca hasta el agua sin ondas
donde nadaban tristes, tu voz y mi canción.
Te quiero
en el dolor sin llanto que tanta noche ha recogido
el sueño;
en el cielo invertido en mis pupilas para mirarte cósmica;
en la voz socavada de mi ruido de siglos derrumbándose.
Te quiero
en el insomnio reflexivo de donde ha vuelto en pájaros
mi espíritu.
Te quiero…
Mi amor se escapa leve de expresiones y rutas,
y va rompiendo sombras
y alcanzando tu imagen
desde el punto inocente donde soy hierba y trino.
Autora: Julia de Burgos
Hay amores que no necesitan grandes explicaciones porque encuentran otras maneras de hacerse presentes. Se quedan en una canción, en un paisaje, en una noche de insomnio o en un recuerdo que vuelve sin avisar.
Quizás por eso este poema conmueve: porque intenta nombrar un sentimiento que, en realidad, se escapa de las expresiones y las rutas. Un amor que no se puede encerrar en una definición, porque sigue encontrando caminos para llegar hasta el otro.
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