Halloween llegó a nosotros convertido en disfraz de supermercado, en caramelo envuelto en plástico naranja, en una noche más para llenar de ruido. Pero antes de ser eso fue otra cosa: una grieta en el calendario donde los antiguos celtas creían que el velo entre los vivos y los muertos se volvía fino como papel de seda. No encendían fogatas para espantar a los espíritus. Las encendían para que encontraran el camino de vuelta a casa por una noche.
De esa idea original, casi olvidada, nace esta historia. No habla de fantasmas que asustan. Habla de lo que pasa cuando dejamos de correrle al miedo y, por una vez, nos damos vuelta a mirarlo de frente.

El farolero que no tenía miedo
En un pueblo que ya no figura en los mapas porque los mapas se cansan de los pueblos chicos, vivía un farolero llamado Íñigo. Su trabajo era simple y antiguo: al caer la tarde recorría las calles empedradas encendiendo, uno por uno, los faroles de gas que bordeaban las casas. Lo hacía desde que era joven y ahora, con el pelo blanco y las manos curtidas, seguía haciéndolo aunque ya casi nadie lo necesitara. La electricidad había llegado hacía años. Pero el pueblo, agradecido, le dejaba conservar su ronda como quien conserva una costumbre que ya no sirve para nada práctico, salvo para recordarle a todos que alguien cuida la noche.
La noche de Halloween, Íñigo salía más temprano que de costumbre, porque sabía que los chicos correrían disfrazados entre las sombras y no quería que ningún farol se apagara justo cuando alguna criatura pequeña necesitara ver el camino.
Esa noche particular, mientras encendía el farol de la plaza, una nena se le acercó. No llevaba disfraz de bruja ni de fantasma. Llevaba puesta la ropa de todos los días y en las manos, en lugar de una bolsa para caramelos, sostenía una fotografía vieja, de esas con el borde blanco ondulado que ya nadie imprime.
Le preguntó si podía ayudarla a encontrar a alguien.
Íñigo, que había visto pasar generaciones enteras bajo la luz de sus faroles, se agachó para mirar la foto. Era un hombre mayor, de bigote canoso, sonriendo con la boca torcida de quien sonríe poco pero de verdad cuando lo hace.
Era su abuelo, dijo la nena. Había muerto en primavera. Y ella había escuchado a su tía contar que esta noche, la de Halloween, era la noche en que los muertos podían encontrar el camino de regreso, si alguien les dejaba una luz encendida.
Ella no quería un susto. No quería una calabaza tallada con una mueca espantosa. Quería una luz de verdad, una que su abuelo pudiera reconocer.
Íñigo no le explicó que las historias antiguas hablaban de fogatas y no de faroles de gas, ni que probablemente nadie regresa de ningún lado la noche del 31 de octubre. Hay verdades que se dicen con datos y verdades que se dicen con gestos, y él eligió la segunda. Tomó a la nena de la mano y caminaron juntos hasta la casa donde ella vivía, y ahí, en la ventana que daba a la calle, encendieron una vela pequeña.
Después, mientras la nena entraba a dormir tranquila por primera vez desde la primavera, Íñigo terminó su ronda. Pero esa noche encendió los faroles distinto. No como quien cumple una tarea, sino como quien deja señales. Pensó en su propia mujer, muerta hacía diez inviernos, y en cuánto tiempo llevaba sin decir su nombre en voz alta por miedo a que el nombre le doliera más que el silencio. Pensó que él mismo, sin saberlo, llevaba diez años con la ventana a oscuras.
Esa noche, por primera vez, encendió también una vela en su propia casa.
El pueblo entero, contagiado sin saber bien por qué, empezó a hacer lo mismo cada Halloween. Ya no tallaban calabazas con muecas de terror. Tallaban calabazas con la forma del rostro de alguien que habían querido, y las ponían en la ventana, con una vela adentro, mirando hacia la calle. Los chicos seguían pidiendo caramelos y riendo disfrazados, porque la alegría y la memoria no pelean entre sí, conviven bien si se las deja. Pero ahora, entre casa y casa, también había pequeñas luces que no estaban ahí para asustar a nadie. Estaban ahí para que nadie, vivo o no, tuviera que encontrar el camino solo.
Íñigo siguió encendiendo faroles hasta el último de sus años. Y cuando el pueblo lo despidió, en una noche de octubre que no fue casualidad, todas las ventanas tenían una vela prendida.
Nadie le tuvo miedo a esa noche. Le agradecieron la costumbre.
Lo que esta historia deja, si se la deja resonar, es simple: el miedo a la muerte casi siempre es, en el fondo, miedo al olvido. Y contra el olvido no hay disfraz que sirva. Solo sirve la luz que alguien decide encender a propósito, a pesar del dolor que da nombrar lo que se perdió. Halloween, en su origen más honesto, no fue nunca una fiesta para espantar a los muertos. Fue una fiesta para dejarles la puerta abierta.
Descubre más desde Elixires para el Alma
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


