Tú, de Amado Nervo: una poesía sobre la fe y la presencia de Dios

Una sola palabra sostiene todo el poema.

Tú.

No como una repetición vacía, sino como una presencia que aparece una y otra vez allí donde normalmente buscamos contrastes: en la alegría y en el sufrimiento, en la juventud y en la madurez, en el comienzo y en la despedida, en aquello que consideramos hermoso y aquello que preferiríamos apartar de nuestra mirada.

Amado Nervo construye esta oración poética desde una certeza personal: Dios no ocupa solamente los espacios luminosos de la existencia. También está en sus zonas más difíciles, en sus contradicciones y en esos momentos en los que nuestra comprensión ya no alcanza.

El poema avanza así, acumulando imágenes hasta llegar a una declaración que no necesita demostración para quien la pronuncia.

Creer.

Creer incluso cuando otros dudan. Creer cuando la razón no encuentra respuestas. Creer como una elección íntima que no depende de que el mundo alrededor comparta esa certeza.

Tu de Amado Nervo

Señor, Señor.
Tú antes, Tú después,
Tú en la inmensa hondura del vacío y en la hondura interior…
Tú en la aurora que canta y en la noche que piensa…
Tú en la flor de los cardos y en los cardos sin flor…
Tú en el cenit a un tiempo y en el nadir…
Tú en todas las transfiguraciones y en todo el padecer…
Tú en la capilla fúnebre y en la noche de bodas…
¡Tú en el beso primero, Tú en el beso postrero!
Tú en los ojos azules y en los ojos oscuros…
Tú en la frivolidad quinceañera,
y también en las grandes ternezas de los años maduros…
Tú en la más negra cima Tú en el más alto edén…
Si la ciencia engreída no te ve, yo te veo;
si sus labios te niegan, yo te proclamaré.
Por cada hombre que duda, mi alma grita: “Yo creo”
¡Y con cada Fe muerta, se agiganta mi Fe!

Autor: Amado Nervo

Leer este poema es asistir a una mirada que se niega a separar lo sagrado de la experiencia humana.

La fe que expresa Nervo no está confinada a un templo ni reservada para los momentos solemnes. Se extiende sobre la existencia completa: sobre el amor que comienza, sobre el amor que termina, sobre la vida que nace y sobre la muerte que llega; sobre la belleza que conmueve y sobre el dolor que deja sin palabras.

Esa amplitud vuelve especialmente poderosa su afirmación final.

No necesita demostrar.

No necesita convencer.

Simplemente declara dónde está parado.

En tiempos en los que la duda puede ser tan legítima como la certeza, también existe una dimensión profundamente humana en poder decir: esto es lo que creo.

No como imposición.

Como testimonio.

La fe, entonces, deja de ser una respuesta para convertirse en una forma de mirar.

Y cuando esa mirada consigue encontrar sentido tanto en la cima como en el abismo, quizá no elimine las preguntas, pero sí cambia la manera de atravesarlas.

Porque algunas convicciones no nos prometen que nunca volveremos a caer.

Nos recuerdan por qué todavía podemos levantarnos.


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