Una compañía que no se vaya. Un lugar donde descansar. Alguien que escuche sin pedir explicaciones. Una certeza que permanezca cuando todo alrededor parece tambalearse.
“Y Dios dijo” está construido alrededor de esas necesidades profundamente humanas. Cada verso comienza desde una herida, una ausencia, un miedo o una pregunta, y encuentra del otro lado una respuesta que no exige nada a cambio.
No importa cuánto se haya perdido, cuán lejos se crea estar o cuánto pese aquello que se lleva por dentro: la voz de este texto insiste en una idea sencilla y poderosa.
No estás solo.
Para quien tiene fe, esas palabras pueden sentirse como una conversación íntima con Dios. Para otros, quizá funcionen como una imagen de ese amor incondicional que todos necesitamos encontrar alguna vez en nuestra vida.

Y Dios dijo
Si nadie te ama, mi alegría es amarte.
Si lloras, estoy deseando consolarte.
Si eres débil,
te daré mi fuerza y mi alegría.
Si nadie te necesita, yo te busco.
Si estás vacío, mi ternura te colmará.
Si tienes miedo, te llevo en mis brazos.
Si quieres caminar, iré contigo.
Si me llamas, vengo siempre.
Si te pierdes, no duermo hasta encontrarte.
Si estás cansado, soy tu descanso.
Si pecas, soy tu perdón.
Si me hablas, trátame de tú.
Si me pides, soy don para ti.
Si me necesitas, te digo:
estoy aquí dentro de ti.
Si estás a oscuras,
soy lámpara para tus pasos.
Si tienes hambre, soy pan de vida para ti.
Si eres infiel, yo soy fiel contigo.
Si quieres hablar, yo te escucho siempre.
Si me miras, verás la verdad en tu corazón.
Si estás en prisión,
te voy a visitar y liberar.
Si te marchas,
no quiero que guardes las apariencias.
Si quieres ver mi rostro,
mira una flor, una fuente un niño.
Si estás excluido, yo soy afiliado.
Si todos te olvidan,
mis entrañas se estremecen recordándote.
Si no tienes a nadie, me tienes a mi.
Si eres silencio,
mi palabra habitará en tu corazón.
La última frase permanece en silencio después de leerla.
No porque necesite una explicación, sino porque deja abierta una posibilidad: que aquello que buscamos afuera también pueda habitar dentro nuestro.
La protección, el consuelo, la capacidad de perdonar, la fuerza para continuar, la paciencia para esperar. Todas esas cosas aparecen en el texto como dones recibidos, pero también pueden convertirse en algo que aprendemos a cultivar y ofrecer a otros.
Una persona que alguna vez fue sostenida puede aprender a sostener.
Quien fue escuchado puede convertirse en refugio.
Quien recibió ternura puede descubrir que también tiene ternura para entregar.
Y quizá allí aparezca una de las dimensiones más hermosas de la espiritualidad: no solamente sentir que existe alguien dispuesto a acompañarnos en nuestros momentos más frágiles, sino permitir que ese amor transforme la manera en que nosotros acompañamos a los demás.
La fe puede expresarse de muchas maneras.
A veces toma la forma de una oración.
Otras veces, de una mano extendida.
De una puerta que permanece abierta.
De alguien que se queda cuando todos los demás se fueron.
Y, para quien cree, también puede ser simplemente escuchar en el momento más oscuro una voz que dice:
Estoy aquí.
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