Resulta sencillo desear paz cuando pensamos en el mundo. Más difícil es preguntarnos qué lugar ocupamos nosotros dentro de aquello que deseamos transformar.
Esperamos que otros sean menos agresivos, que exista más comprensión, que las diferencias puedan resolverse sin violencia y que el entorno deje de parecernos tan hostil. Pero mientras esperamos ese cambio, seguimos participando de conversaciones, vínculos y situaciones cotidianas en las que también podemos elegir qué aportar.
“La paz empieza conmigo” parte de esa responsabilidad personal.
No propone controlar lo que hacen los demás ni imaginar que una actitud individual puede resolver todos los conflictos del mundo. Propone algo más cercano: cuidar el lugar desde el que respondemos, observar nuestros propios pensamientos y decidir qué clase de energía queremos llevar a los espacios que habitamos.
La paz, antes de convertirse en una aspiración colectiva, también puede ser una práctica cotidiana.

La Paz empieza conmigo
Si deseo vivir en un mundo de paz,
entonces debo asegurarme de ser una persona pacífica.
Sea cual sea el comportamiento de los demás,
yo estoy en paz en mi corazón.
Declaro la paz en medio del caos y la locura.
Rodeo de paz y amor
todas las situaciones difíciles.
Envío pensamientos de paz a todas partes
del mundo donde hay problemas.
Si deseo que el mundo mejore,
es necesario que cambie mi forma de verlo.
Me dispongo a ver la vida de una manera muy positiva.
Sé que la paz comienza con mis propios pensamientos.
Cuando tengo pensamientos pacíficos,
me conecto con personas de mentalidad pacífica,
y juntos contribuimos
a traer paz y abundancia a nuestro mundo.
Autor: Louise L. Hay
Nadie puede garantizar que a nuestro alrededor reine la calma.
Vamos a encontrarnos con injusticias, discusiones, personas que nos irriten y situaciones que despierten lo peor de nosotros. Pretender lo contrario sería vivir desconectados de la realidad.
Lo que sí está dentro de nuestro alcance es elegir qué hacemos con aquello que recibimos.
Responder a la violencia con más violencia puede resultar instintivo. Detener esa cadena requiere conciencia. Escuchar antes de atacar, poner un límite sin humillar, disentir sin convertir al otro en enemigo, reconocer un error, bajar el tono cuando podríamos elevarlo: pequeños gestos, casi invisibles, que también construyen el mundo en el que vivimos.
Ninguno de ellos va a solucionar por sí solo los grandes conflictos de la humanidad.
Pero la convivencia está hecha de millones de esos gestos.
Por eso la idea de que la paz comienza con uno mismo no debería entenderse como una obligación de permanecer serenos ante cualquier cosa. También significa hacernos responsables de aquello que ponemos en circulación.
Cada pensamiento, cada palabra y cada respuesta pueden alimentar una forma de relacionarnos.
El mundo que deseamos no empieza en algún lugar lejano.
Empieza en la próxima conversación.
En la próxima diferencia.
En la próxima oportunidad que tengamos de elegir qué hacer con lo que sentimos.
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