Hay palabras que, cuando aparecen demasiadas veces, terminan perdiendo su verdadero peso. Prohibir es una de ellas.
Estamos acostumbrados a encontrar límites, reglas y fronteras en casi todos los aspectos de la vida. Algunas son necesarias para convivir; otras nacen del miedo, de la necesidad de controlar aquello que no comprendemos o simplemente de la dificultad de aceptar que no todo puede ser manejado a nuestra medida.
“No se puede prohibir” parte de una idea tan sencilla como poderosa: existen cosas que ninguna norma debería poder arrancarnos.
La capacidad de imaginar. El deseo de crear. La posibilidad de elegir. El amor. La necesidad de expresarnos. Esa parte íntima de nosotros que sigue buscando un poco de cielo incluso cuando alrededor aparecen demasiados límites.
Porque hay libertades que no empiezan en una ley ni terminan en una frontera.
Empiezan adentro.

No se puede prohibir
No se puede prohibir, ni se puede negar
el derecho a vivir, la razón de soñar.
No se puede prohibir, ni el creer, ni el crear
ni la tierra excluir, ni la luna ocultar.
No se puede prohibir, ni una pizca de amor
ni se puede eludir, que retoñe la flor.
Ni el alma vibrar, ni el pulso latir
ni la vida en su andar, no se pueden prohibir.
No se puede prohibir, la elección de pensar
ni se puede impedir, la tormenta en el mar.
No se puede prohibir, que en un vuelo interior
un gorrión al partir, busque un cielo mejor.
No se puede prohibir, un impulso vital
ni la gota de miel, ni el granito de sal
ni las ganas sin par, ni el deseo sin fin
de reír, de llorar, no se puede prohibir.
No se puede prohibir, el color tornasol
de la tarde al morir, en la puesta del sol.
No se puede prohibir, el afán de cantar
ni el deber de decir, lo que no hay que callar.
Solo el hombre incapaz, de entender, de sentir,
ha logrado al final, su grandeza prohibir.
Y se niega el sabor, y la simple verdad
de vivir el amor, en total libertad.
Si tuviese el poder, de poder decidir
dictaría una ley, es prohibido prohibir.
Autor: Sandra Mianovich
La libertad más difícil de defender sea aquella que no se ve.
No siempre tiene una bandera, una consigna o una gran declaración. A veces es simplemente la posibilidad de pensar diferente, de elegir nuestro propio camino, de crear algo que antes no existía o de decir aquello que necesitamos decir.
También implica aceptar que los demás tienen ese mismo derecho.
Podemos discutir ideas, cuestionar decisiones y establecer límites cuando sean necesarios para proteger a otros. Pero una sociedad verdaderamente libre no debería necesitar controlar cada pensamiento, cada deseo o cada forma de vivir que se aleje de lo que considera correcto.
Hay algo profundamente humano en querer decidir sobre nuestra propia vida.
Y quizá por eso la frase que cierra este texto resulta tan provocadora: “es prohibido prohibir”.
No como una invitación al caos ni como la negación de todas las reglas, sino como un recordatorio de que el afán de controlar puede terminar llevándonos demasiado lejos.
Porque cuando intentamos ponerle límites a todo aquello que nos incomoda, corremos el riesgo de terminar prohibiendo justamente lo más valioso:
la posibilidad de ser, de pensar, de sentir y de vivir con libertad.
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