La mejor cura: el tiempo según Constancio Vigil

Constancio C. Vigil nació en Rocha, Uruguay, en 1876, y murió en Buenos Aires en 1954, después de haber escrito más de cien libros y de haber fundado una editorial que marcó a generaciones enteras de lectores rioplatenses. Detrás del hombre de negocios había alguien que escribía plegarias y parábolas breves, casi como quien reza en voz baja: nada de solemnidad forzada, palabras simples que van directo a lo que importa. Este poema es una de esas plegarias. No consuela desde la distancia, sino desde el conocimiento de alguien que vio pasar mucho tiempo y sacó sus propias conclusiones.

La Mejor Cura

La mejor cura

El tiempo, como el viento, seca las lágrimas.

Como el agua, todo lo disuelve.
Como el fuego, reduce las cosas a cenizas.
Como el sol, todo lo ilumina.

Aclara lo confuso, descubre lo más oculto.

Encuentra lo perdido, propicia la tolerancia.

Reconcilia a los enemigos,
pone a prueba el amor y la amistad.

Extravía a los ambiciosos.

Se lleva las ilusiones y el orgullo,
trae la conformidad.

Quien va contra él, fracasa.
Quien lo aguarda se torna poderoso.
Quien lo acepta como aliado, traba amistad.

Autor: C. Vigil

Un poema que no elige bando

Lo que más conmueve de este poema es que no le hace ningún favor a nadie. El tiempo seca las lágrimas del que sufre, pero también extravía al ambicioso y le quita el orgullo al soberbio. No es un aliado tierno que solo cura, es una fuerza pareja que le pasa por encima a todo lo que toca, para bien y para mal. Vigil no promete que el tiempo va a estar de tu lado. Promete algo más difícil de aceptar y más verdadero: que el tiempo no elige, simplemente sigue su curso, y lo único que uno puede decidir es cómo pararse frente a él.

Esperar como forma de fuerza

El final del poema es el que más pesa: quien va contra el tiempo, fracasa; quien lo espera, se hace poderoso; quien lo acepta como aliado, hace amistad con él. No es resignación lo que describe esa última línea, es algo más parecido a un pacto. Hay una clase de fuerza que no se nota, que no hace ruido, que consiste simplemente en no pelearse con lo que no se puede apurar. A los veinte años eso suena a derrota. Con más tiempo encima, se empieza a entender que esperar bien también es una forma de estar en pie.


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