Hay palabras que se gastan de tanto decirlas mal. «Ternura» es una de ellas: la usamos para cualquier cosa tibia, cualquier gesto amable, hasta que pierde filo. Zenaida Bacardí hace acá algo poco común: en vez de definir la ternura por lo que es, la define por todo lo que no es. Nueve veces dice «no es esto», antes de llegar, casi al final, a lo que sí es. Es una escritura que avanza como quien tantea en la oscuridad, descartando hasta encontrar la forma exacta de lo que busca.
No es casual la elección: la ternura, dice el poema sin decirlo del todo, no se puede nombrar de frente. Se puede rodear, se puede señalar con la mano, pero se escapa apenas se la intenta agarrar directamente. Por eso el poema construye una lista de opuestos, el fuego no, la caricia sí; el oleaje no, el beso del cielo con el mar sí, hasta que el lector entiende, sin que se lo digan con todas las letras, que la ternura vive en lo pequeño, en lo que casi no se nota.

La ternura
No es ternura el fuego de una pasión…
sino la suavidad de una caricia.
No es ternura el oleaje que se desborda…
sino el beso del cielo con el mar.
No es ternura la montaña que nos sobrecoge…
sino la macetita de violeta perfumando en la ventana.
No es ternura lo grandioso…
sino la delicadeza, la insignificancia, el detalle.
No es ternura lo que se da…
sino lo que se refleja y se deja traslucir.
No es ternura el sol que calcina…
sino la luna que embruja…
El fuego que abraza… sino el leño que se consume.
No es ternura lo que sobresale y resalta…
sino el escondite…el beso… la insinuación…
la luz y la rosa.
La ternura es eso que…
vitaliza al viejo…
duerme al niño…
¡y desarma al hombre!
Autor: Zenaida Bacardí
El final es el golpe de todo el poema: la ternura «vitaliza al viejo, duerme al niño, y desarma al hombre». Tres verbos, tres efectos completamente distintos, sobre tres tipos de fragilidad diferentes. Ahí está la clave: la ternura no tiene una sola forma de actuar. Se adapta a quien la recibe, y hace en cada uno exactamente lo que ese momento necesita.
Zenaida Bacardí no escribió un poema sobre lo dulce. Escribió un poema sobre lo preciso —esa cualidad rara de saber, sin que nadie lo enseñe, exactamente cuánta suavidad hace falta y dónde ponerla.


