Hallar una sonrisa

La mirada que despierta al mundo

Hay poemas que funcionan como un lente de aumento para el alma. El soneto «Hallar una sonrisa» del poeta mexicano Enrique González Martínez nos propone una transformación radical de la percepción: dejar de transitar el mundo de forma mecánica para empezar a habitarlo con una sensibilidad desbordante, donde cada rincón de la naturaleza y de la existencia se carga de sentido y de sagrada complicidad.

Hallar una sonrisa

Hallar una sonrisa

Cuando sepas hallar una sonrisa
en la gota sutil que se rezuma
de las porosas piedras, en la bruma,
en el sol, en el ave y en la brisa;
cuando nada a tus ojos quede inerte,
ni informe, ni incoloro, ni lejano,
y penetres la vida y el arcano
del silencio, las sombras y la muerte;
cuando tiendas la vista a los diversos
rumbos del cosmos, y tu esfuerzo propio
sea como potente microscopio
que va hallando invisibles universos,
entonces en las flamas de la hoguera
de un amor infinito y sobrehumano,
como el santo de Asís, dirás hermano
al árbol, al celaje y a la fiera.

Sentirás en la inmensa muchedumbre
de seres y de cosas tu ser mismo;
serás todo pavor con el abismo
y serás todo orgullo con la cumbre.

Sacudirá tu amor el polvo infecto
que macula el blancor de la azucena,
bendecirás las márgenes de arena
y adorarás el vuelo del insecto;
y besarás el garfio del espino
y el sedeño ropaje de las dalias…
y quitarás piadoso tus sandalias
por no herir a las piedras del camino.

Autor: Enrique González Martínez

Despertar a la trama invisible de la existencia

Leer los versos de González Martínez es adentrarse en una filosofía de la contemplación pura. El poema se construye a partir de una serie de condiciones, «cuando sepas…», «cuando nada quede inerte…», que anticipan un estado de iluminación interior y comunión con el entorno.

El fin de la indiferencia ante lo cotidiano

El punto de partida del poema exige un cambio en nuestra forma de mirar. Estamos acostumbrados a pasar junto a las cosas de largo, viendo la piedra, la bruma o el viento como elementos mudos y distantes. El autor nos reta a descubrir una «sonrisa» en lo más sutil. Cuando logramos que nada a nuestro alrededor sea indiferente, la realidad deja de ser un telón de fondo aburrido y se convierte en un misterio vibrante que nos interpela.

La fraternidad universal y el eco del mundo

Ese recorrido de atención profunda culmina en una comunión absoluta, evocando la figura de Francisco de Asís. Cuando el corazón se enciende en un amor que trasciende lo humano, las barreras entre el «yo» y el «afuera» se derrumban. El árbol, el cielo (celaje) y la fiera ya no son ajenos, sino hermanos. En esa sintonía, el poeta experimenta el latido del universo como propio: se asusta ante el abismo y se enorgullece con la cumbre, reconociendo que su propia identidad está tejida con la misma materia que el cosmos.

La ternura extrema como forma de santidad

El cierre del poema es de una belleza conmovedora. El amor verdadero no es una idea abstracta, sino una práctica de extrema delicadeza con lo frágil. Adorar el vuelo de un insecto, besar el espino y, en el verso final, quitarse las sandalias para no lastimar las piedras del camino, nos habla de un respeto reverente por la vida en todas sus formas. Es la renuncia definitiva a la violencia cotidiana, reemplazada por una piedad infinita hacia cada detalle del trayecto que nos toca andar.

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