Hay una pregunta que rara vez nos hacemos: ¿en qué se nos va el tiempo que decimos no tener? No el tiempo del reloj, sino el otro, el que se reparte —o se olvida repartir— entre lo que construye, lo que sostiene y lo que simplemente es.
El poema que sigue circula desde hace décadas bajo el título de antigua oración irlandesa. Es una atribución que no hemos podido confirmar con una fuente primaria: aparece repetida en blogs, revistas y publicaciones religiosas desde al menos los años setenta, con variantes de una versión a otra, sin autor identificado. Lo compartimos igual, no como dato histórico verificado sino como lo que efectivamente es: una pieza de sabiduría anónima que ha sobrevivido por su propio peso, transmitida de mano en mano como quien pasa un secreto útil.

Date tiempo
Antigua oración irlandesa
Date tiempo para trabajar,
es el precio del éxito
Date tiempo para pensar,
es el origen del poder
Date tiempo para amar y ser amado,
es privilegio de los dioses
Date tiempo para jugar,
es el secreto de la eterna juventud
Date tiempo para leer,
es el fundamento de la sabiduría
Date tiempo para soñar,
es como enganchar tu auto a una estrella
Date tiempo para hacer amigos,
es el camino de la felicidad
Date tiempo para mirar a tu alrededor,
el día es muy corto para ser egoísta
Date tiempo para reír,
es la música del alma
Autor: Anónimo
Nueve tiempos, no uno solo
Lo que sostiene a este poema no es la belleza de una sola línea sino la enumeración completa. Nueve formas de tiempo, nueve fuerzas distintas: el trabajo no aparece solo ni primero por casualidad, pero tampoco alcanza por sí mismo. Está ahí, en la misma lista, junto al juego, la amistad, el silencio de pensar y la risa —como si el poema supiera algo que solemos olvidar: que la fortaleza de una vida no se mide por cuánto tiempo le dedicamos a una sola cosa, sino por cuántas de estas nueve alcanzamos a sostener a la vez.
Repartir el tiempo así, sin jerarquía, es un ejercicio de humildad. Nadie construye poder solo pensando, ni sabiduría solo leyendo, ni felicidad solo trabajando. Cada verso le quita protagonismo al anterior y se lo cede al que sigue.
Enganchar el auto a una estrella
Hay una imagen en el poema que merece quedarse un momento más: date tiempo para soñar, es como enganchar tu auto a una estrella. No es una metáfora de fuga ni de escape de la realidad —es lo contrario. Es la idea de que soñar da dirección, no distancia. Un auto enganchado a una estrella no flota: avanza, pero avanza hacia algo. El sueño, en esta lectura, no es lo opuesto al trabajo cotidiano; es lo que le da rumbo.
Cómo volver a este poema
No hace falta memorizarlo ni colgarlo en la pared. Alcanza con volver a él cuando el día se sienta apretado, y usarlo como una pregunta simple: ¿a cuál de estos nueve tiempos no le estoy dando lugar hoy? La respuesta casi nunca es la que uno espera.
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