Aprendí a vivir: cuando las heridas también nos enseñan

Hay aprendizajes que no llegan de los libros ni de los consejos. Llegan después de atravesar aquello que jamás hubiéramos elegido vivir.

A veces es el dolor el que nos enseña a mirar de otra manera. Otras veces, la soledad, una pérdida, una decepción o simplemente el paso del tiempo. Y mientras estamos atravesando esas experiencias, difícilmente podamos imaginar que algún día seremos capaces de encontrarles un sentido.

“Aprendí a vivir” habla de ese recorrido. De descubrir que la vida no está hecha solamente de momentos felices, sino también de todo aquello que nos transforma, nos obliga a crecer y nos enseña a mirar hacia adelante.

Porque quizás aprender a vivir no significa aprender a evitar las espinas, sino descubrir que podemos seguir caminando aun después de encontrarnos con ellas.

Aprendí a Vivir

Aprendí a vivir

Aprendí a vivir, a pesar de las espinas

¿Qué cómo aprendí a vivir
y cuándo aprendí a querer?
¿Qué cómo aprendí a sufrir?
¿Cuándo? ¿cómo? no lo sé.

Aprendí a mirar las estrellas, alumbrando los sueños con ellas.
A mirar los colores del viento y a sentir el sabor del silencio.
Aprendí a encender ilusiones y a escuchar hablar los corazones,
con palabras calladas, con matices de mil sensaciones.
Cuando un día, el dolor tomó mi mano, conocí de frente a la tristeza,
la pena y el llanto se marcharon, al sentir el amor y su grandeza.
La soledad, querida compañera, la que con tanto miedo rechazaba,
me mostró la paz y la armonía de los momentos que con ella estaba.
Comprendí, el sentido de la vida, viviendo el amor y la desdicha,
sintiendo la alegría y la tristeza, conociendo lo breve de la vida.
Aprendí el valor de la paciencia, a calmar los vientos de mi ira,
a llenar con mares de esperanza las zonas más oscuras de mi vida.

Es así, que aprendí a vivir.
Por todo ello… aprende a vivir sin espinas
¡No empieces el día de hoy con las espinas de ayer!
El día de ayer y todos los días y años anteriores han pasado ya,
están enterrados en el Tiempo.
Y no puedes cambiar ya nada en ellos.

¿Te han quedado espinas?
¡No las traigas arrastrando!
Porque seguirán pinchándote cada día hasta no dejarte vivir.
Hay espinas que puedes sacudirte echándoselas en las manos a Dios.
Hay heridas de espinas que puedes curar si sabes perdonar de veras.
Pero hay heridas que no podrás curar con todo el amor de este mundo.

¡Pues, olvídate de que existen!
¡Quita el cristal de aumento que pones encima de tus desdichas!
Muévete, grita, llora, respira profundo y trata de ser feliz!!!

Todos llevamos alguna espina

Algunas vienen de muy atrás y ya casi no recordamos cuándo aparecieron. Otras todavía duelen. Algunas pudimos quitarlas; otras simplemente aprendimos a no tocarlas.

Pero no tenemos por qué pasar el resto de nuestra vida mirando hacia atrás para comprobar que siguen ahí.

Lo vivido forma parte de nosotros, pero no tiene por qué decidir todo lo que viene después. Podemos llevar nuestras cicatrices sin convertirlas en nuestra identidad. Podemos recordar sin volver a sufrir cada vez. Podemos aceptar que hubo cosas que no pudimos cambiar y, aun así, elegir qué hacemos con el tiempo que tenemos por delante.

Tal vez eso sea, después de todo, aprender a vivir: aceptar las espinas sin permitir que nos impidan volver a sentir el perfume de las flores.

Y seguir.

A nuestra manera, a nuestro tiempo, con todo lo que somos y todo lo que la vida todavía tenga para enseñarnos.


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