No somos irrompibles, de Elsa Bornemann, parte de una comparación sencilla para llegar a una verdad que muchas veces olvidamos: también nosotros podemos quebrarnos.
El texto comienza hablando de objetos frágiles y de las marcas que puede dejar un golpe aparentemente pequeño. Después lleva esa imagen hacia un territorio mucho más delicado: el corazón. Un rechazo, una mentira, una puerta que permanece cerrada o una soledad prolongada pueden provocar heridas que no se ven, pero que duelen de verdad.

No somos irrompibles
Los cristales pueden quebrarse.
A veces basta un leve golpe de abanico.
Las telas suelen desgarrarse al contacto de una diminuta astilla.
Se rasgan los papeles…
Se rompen los plásticos…
Se rajan las maderas…
Hasta las paredes se agrietan, tan firmes y sólidas que parecen.
¿Y nosotros?
Ah!…Nosotros tampoco somos irrompibles.
Nuestros huesos corren el riesgo de fracturarse, nuestra piel herirse…
También nuestro corazón, aunque siga funcionando como un reloj suizo y el médico nos asegure que estamos sanos.
¡CUIDADO! ¡ FRÁGIL ! El corazón se daña muy fácilmente.
Cuando oye un «no» redondo o un «sí» desganado, una especie de «nnnnsí» y merecía un tintineante «¡Sí!»…
Cuando lo engañan…
Cuando encuentra candados donde debía encontrar puertas abiertas.
Cuando es una rueda que gira solitaria día tras día…noche tras noche…
Cuando…
Entonces, siente tirones desde arriba, por adelante, desde abajo, por detrás…o es un potrillito huérfano galopando dentro del pecho.
¿Se arruga?
¿Se encoge?
¿Se estira?
No.
Late lastimado.
¿Y cómo se cura?
Solamente el amor de otro corazón alivia sus heridas.
Solamente el amor de otro corazón las cicatriza.
Autor: Elsa Bonermann
Estamos acostumbrados a pensar la fortaleza como la capacidad de soportarlo todo. Sin embargo, reconocer que algo nos lastimó no nos vuelve débiles. La fragilidad también forma parte de estar vivos y de permitirnos sentir.
Un corazón herido necesita cuidado, tiempo y vínculos que no agreguen nuevas heridas. El afecto de otras personas puede acompañar ese proceso, pero también es importante aprender a tratarnos con la misma consideración que ofreceríamos a alguien que queremos.
No somos irrompibles. Y no tenemos por qué serlo. A veces la verdadera fortaleza comienza cuando dejamos de fingir que nada nos duele y nos permitimos recibir el cuidado que necesitamos.
Descubre más desde Elixires para el Alma
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


