La verdadera complicidad se construye despojando a los afectos de toda especulación y egoísmo. Este texto diseca la esencia de la compañía mediante un contraste luminoso que desarma nuestras costumbres más duras. Comprender la amistad bajo esta mirada significa entender que el afecto no se mide por lo que podemos extraer del otro, sino por la disposición constante a sostener, perdonar y ofrecer un refugio donde la exigencia se disuelve en favor de una entrega pura y desinteresada.

Simplemente
No es recibir, es dar.
No es malograr, es incentivar.
No es descreer, es creer.
No es criticar, es apoyar.
No es ofender, es comprender.
No es humillar, es defender.
No es juzgar, es aceptar.
No es olvidar, es perdonar.
Amistad…
Es simplemente AMAR.
La culminación de todo afecto verdadero
Al recorrer cada una de estas premisas comprobamos que el destino último de cualquier relación genuina reside en la capacidad de amar sin condiciones. Cuando dejamos atrás el juicio y elegimos la aceptación, la existencia se ensancha y encuentra su sentido más profundo en el bienestar ajeno. Cuidar de un amigo constituye, en su forma más pura, el ejercicio cotidiano de recordarle al otro que su vida importa y que nunca camina solo en la inmensidad del mundo.
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