La celebración de los pequeños refugios cotidianos
Felices aquellos que descubren en la compañía ajena un territorio donde el alma descansa sin disfraces. Este texto, concebido por Juan Carlos Pisano y Diego Mouriño, trasciende la poesía convencional para convertirse en una beatitud laica consagrada a los afectos reales. Compartir el tiempo alrededor de una infusión o regalar el último bocado revela una complicidad que disuelve la soledad, recordándonos que la verdadera riqueza reside en la capacidad de abrir el pecho sin temor al juicio ni a la intemperie del mundo.

Felices los amigos
Felices los amigos que son capaces de brindar el corazón,
de ofrecer sus alegrías, de compartir sus frustraciones,
de confesar sus broncas.
Felices los amigos que son capaces
de perder su tiempo tomando mate,
o de sacrificar convidando el último pedazo de pan.
Felices los que pueden comentar sus problemas con confianza.
Los que pueden llorar sus penas sin tener vergüenza.
Los que pueden gritar su alegría sin miedo a la envidia.
Felices porque los que así vivan la amistad, no serán tristes.
Cuando tengan una dificultad
podrán intentarlo todo, una y otra vez.
Felices porque las tinieblas se aclararán,
lo oscuro se volverá diáfano y lo tormentoso calmo.
Felices porque ganarán mucho, en tiempo y en diálogo.
Felices porque nunca tendrán angustias ni recelo.
Felices porque siempre encontrarán soluciones.
Autores: Juan C. Pisano – Diego Mouriño
El bálsamo de la complicidad compartida
Cuando las horas se detienen en la sencillez de un encuentro sincero, las sombras pierden su dominio sobre nosotros. Caminar sabiendo que alguien sostiene nuestras lágrimas y celebra nuestros triunfos transforma radicalmente la perspectiva de la existencia. Este canto a la hermandad nos devuelve la certeza de que las dificultades disminuyen su peso cuando se atraviesan en compañía de quienes nos miran con absoluta bondad.
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