La superficie de la existencia suele ofrecernos caminos sencillos, aquellos donde el esfuerzo no duele y el compromiso jamás nos compromete de verdad. Este texto disecciona con una lucidez aplastante la diferencia entre lo que resulta cómodo para el ego y aquello que exige una transformación profunda del alma. Atravesar la vida eligiendo el terreno de lo complejo implica asumir que la madurez espiritual no nace del aplauso fácil, sino de la valentía cotidiana de mirarnos por dentro y sostener la verdad sin atajos.

Fácil – Difícil
Fácil es ocupar un lugar en la agenda telefónica.
Difícil es ocupar el corazón de alguien.
Fácil es juzgar los errores de otros.
Difícil es reconocer nuestros propios errores.
Fácil es hablar sin pensar.
Difícil es frenar la lengua.
Fácil es herir a quien nos ama.
Difícil es curar esa herida.
Fácil es perdonar a otros.
Difícil es pedir perdón.
Fácil es dictar reglas.
Difícil es seguirlas.
Fácil es soñar todas las noches.
Difícil es luchar por un sueño.
Fácil es exhibir la victoria.
Difícil es asumir la derrota con dignidad.
Fácil es admirar una luna llena.
Difícil es ver su otra cara.
Fácil es tropezar con una piedra.
Difícil es levantarte.
Fácil es disfrutar la vida todos los días.
Difícil es darle el verdadero valor.
Fácil es orar todas las noches.
Difícil es no fallarle a Dios en cosas pequeñas.
El peso luminoso de las elecciones verdaderas
Cuando renunciamos a la comodidad de lo obvio y decidimos habitar la profundidad de los actos sinceros, nuestra travesía adquiere un sentido trascendente. Sanar una herida, pedir perdón o sostener un ideal sin garantías de triunfo son ejercicios que esculpen el carácter y nos devuelven la dignidad de ser plenamente humanos. Al final, el verdadero valor de la existencia no se mide por lo sencillo que resultó transitarla, sino por la integridad con la que elegimos afrontar sus desafíos más íntimos.
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