Antes de conocer un lugar, ya podemos haber decidido qué vamos a encontrar en él.
Llegamos a una ciudad nueva, a un trabajo, a un grupo de personas o incluso a una relación llevando con nosotros experiencias anteriores que, muchas veces sin darnos cuenta, funcionan como un filtro. Si esperamos hostilidad, probablemente estaremos atentos a cada gesto que pueda confirmarla. Si esperamos amabilidad, quizá sepamos reconocerla con mayor facilidad.
La historia que sigue es sencilla, casi como una pequeña parábola. Dos personas hacen exactamente la misma pregunta y reciben exactamente la misma respuesta. Lo que cambia no es el pueblo.
Cambia la mirada con la que cada uno llega a él.
Y esa diferencia puede decirnos bastante sobre la manera en que construimos nuestras propias experiencias.

Nuestro primer pensamiento
Nuestro primer pensamiento en cada circunstancia de la vida no debe ser ¿qué puedo conseguir?, sino ¿cómo puedo ayudar? Esto, desde luego parece una tontería de acuerdo con las normas mundanas comunes, pero es realmente la más elevada sabiduría, porque ella conduce al logro de una vida de verdadera armonía, satisfacción y paz.
Había una vez un sabio que vivía en un pueblo y a quien muchos iban a ver en busca de consejo e información.
Cierto día, un recién llegado fue a ver al sabio y le dijo: ¿Qué clase de gente vive aquí?
Pero el sabio respondió con otra pregunta: ¿Qué clase de gente es la que vive en el pueblo de donde vienes?
El recién llegado replicó: ¡Oh!, son unos miserables, hostiles, mezquinos, sin sentimiento de solidaridad. ¡Es muy difícil convivir con ellos!
Bien dijo el sabio-, esa misma clase de gente encontrarás aquí.
El poco tiempo, otro visitante llegó al pueblo y le hizo al sabio la misma pregunta: ¿Qué clase de gente vive aquí? El anciano replicó preguntando: ¿Cómo era la gente del lugar donde vienes?
Oh el segundo forastero respondió-, eran personas espléndidas, bondadosas, buenos amigos. Llenos de bondad. Siento haberlos dejado.
Entonces dijo el sabio- esa misma clase de gente encontrarás aquí.
Autor: Henry Thomas Hamblin · (1873-1958)
Del libro: El poder del pensamiento
El sabio no necesitaba conocer a los habitantes del pueblo para responder.
Le alcanzaba con conocer a quienes preguntaban.
La historia no pretende decir que todo depende de nuestra actitud ni que las personas difíciles no existen. Sería ingenuo pensarlo. Hay lugares que lastiman, vínculos que hacen daño y personas con las que sencillamente no podemos construir una relación saludable.
Pero también es cierto que llevamos algo nuestro a cada encuentro.
Nuestros prejuicios. Nuestras decepciones. La confianza que aprendimos a tener o la desconfianza que tuvimos que construir para protegernos. Y todo eso influye en aquello que somos capaces de ver.
Por eso la pregunta inicial del texto resulta mucho más profunda de lo que parece.
Tal vez antes de preguntarnos “¿qué puedo conseguir?”, también valga la pena preguntarnos “¿qué estoy llevando yo a este encuentro?”
Porque no siempre podemos elegir quién tenemos delante.
Pero sí podemos decidir con qué disposición vamos a conocerlo.
Y, en más de una ocasión, esa pequeña diferencia puede cambiar por completo la historia que estamos a punto de vivir.
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